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Martín y el venado

Martín era un muchacho muy inquieto, siempre le gustaba estar de aquí para allá, a veces haciendo travesuras, a veces explorando su alrededor, su inteligencia lo había convertido en un muchacho muy sagaz. Por otro lado las enseñanzas de mamá Tomasa le habían calado profundo en su interior. Es cierto que era muy inquieto como también era cierto que poseía un gran corazón. Su papá era un hombre muy rígido que siempre buscaba la ocasión pare echarle en cara sus errores y era común que sufriera de parte de él malos tratos.

Sin embargo no por eso Martín era desobediente, por el contrario buscaba complacer a su papá en lo que le ordenaba, tratando de cumplir las órdenes lo más rápido que podía y así tener un tiempo para dedicarse a él mismo, a sus fantasías, a sus sueños, a sus anhelos.

Desde muy niño aprendió los oficios de la milpa, los momentos de la quema, de la siembra, de la época de lluvias, de los ciclos de la Luna, del tiempo de la cosecha, siempre estaba atento a las indicaciones de los mayores para aprender cosas nuevas y en las noches estrelladas acostado boca arriba, se pasaba largas horas meditando sobre lo aprendido.

Esa mañana como era su costumbre se levantó temprano, al primer canto de los gallos y al escuchar el primer quejido canoro de los kaues; le dio de comer a los cerdos, mientras observaba a su papá irse desde madrugada a la milpa, pues habría que preparar el terreno para las quemas y junto con otros compañeros se iba a preparar las guardarayas, para que la candela no pasase al monte y causase incendios.

Martín terminó de lavar los chiqueros y pasó a desgranar un poco de elote, mientras mamá Tomasa, torteaba ya unas ricas tortillas y calentaba unos pimes; el chocolate batido ya estaba listo y su olor llenaba por completo la casita de paja, mientras los huevos revueltos terminaban de cocerse en la sartén. Martin miraba curioso a su madre, mientras se apretaba la barriga pues ya le chillaban las tripas por el hambre, su madre le sonreía mientras movía las tortillas en el comal para que no se quemasen.

El sol en el exterior apenas se asomaba tímido, la luz de la candela iluminaba los rostros del muchacho y de su madre, mientras ella servía en un plato el huevo revuelto y un poco de frijol de ayer el muchacho no espero mas, y sonriendo se sentó a comer esa delicia que solo mamá con su toque especial materno sabe dar a las comidas más simples que puedan existir.

Mientras come su madre le prepara su mecapal y el calabazo lleno de agua, guarda unas bolas de pozole, junto con sal y unos chiles habaneros, eso será la comida del medio día de su padre y de sus amigos que le ayudan en la quema; también prepara en otro recipiente un poco de “Saaká” granos de elote endulzados con miel , para poner como ofrenda en los cuatro puntos cardinales de la milpa.

Martín satisfecho y contento, se despide de su mamá y emprende el camino para encontrarse con su padre; poco a poco el sol avanza en su faena diaria de surcar los cielos, el monte está seco, los pájaros silvestre acompañan el paso del jovencito por la vereda que lleva a la milpa.

Con el mecapal a las espaldas el muchacho siente que alguien le jala las viandas, piensa que no es nada y sigue caminando... pero otra vez el tirón se deja sentir, gira el cuerpo de repente y se encuentra frente a frente con un precioso venado… se miran a los ojos, Martín sonríe, no tiene miedo, saca un poco del saaká y se lo acerca a la boca del animal, este corresponde a ese gesto generoso y come de las manos del muchacho los granos de maíz endulzados, así Martín y su nuevo compañero de camino avanzan por la vereda, de vez en vez Martín ofrece a su nuevo amigo un poquito de lo que lleva, y comprende que todo largo camino se hace corto cuando estás en compañía de un amigo, eso lo experimento muy bien el joven, pues en menos tiempo del imaginado ya estaba a la orilla de la milpa; la voz de su padre le hizo acelerar el paso y mirando para atrás descubrió que su amigo el venado había desaparecido así como misteriosamente había aparecido.

El muchacho le entrega a su padre las viandas, este le encarga al muchacho cortar troncos para la leña. Martín se va adentrando al monte de la milpa mientras su padre degusta con sus amigos el pozole, entre risas y bromas.

El muchacho descubre a lo lejos una xkoquita con su canto tan especial, ve a un pájaro carpintero taladrar el tronco de un árbol, y se queda mudo observando cómo las nubes pasaban primorosas por el cielo, de repente escucha que los pájaros enmudecen, un ruido chispeante se deja escuchar, el calor aumenta, el humo invade en segundos su alrededor, su padre y sus amigos han iniciado la quema del terreno y no se han dado cuanta que él está ahí dentro…la angustia se dibuja en su rostro… sus manos empiezan a sudar, trata de correr, pero por todos lados se ve rodeado de humo y fuego… se siente asfixiar … las fuerzas le abandonan mientras trata de gritar, para pedir ayuda… ya no puede las fuerzas le abandonan… el humo le quema la garganta y siente que los pulmones le van a explotar… siente cercana la muerte… a lo lejos una figura aparece de repente, ¡es su amigo el venado que saltando entre las llamas, aterriza junto a él y haciendo un gesto con la cabeza le invita a subirse sobre su lomo!. El muchacho no lo piensa dos veces… se sube sobre el animal y se abraza fuerte a su cuello, ¡con los ojos cerrados siente como el venado salta de aquí para allá! cuanto tiempo pasó no lo sabe, con los ojos cerrados, solo siente que un sopor le gana y pierde el conocimiento…

Unos jornaleros del ferrocarril lo encuentran recostado, en una gran laja blanca dormido plácidamente; uno de ellos se acerca y le mueve mientras le dice, ¿muchacho que haces aquí? Martín se despierta de golpe; los ojos curiosos de los jornaleros se han posado sobre él, y no atina a decir algo, El más viejo del grupo le dice con tono amable ¿Dónde vives? ¿Dónde está tu familia? A lo que el muchacho responde tímidamente… vivo en Umán…los jornaleros quedan asombrados ante las palabras del muchacho está a más de cien kilómetros de casa, lo llevan al pueblo más cercano y le comunican a la autoridad correspondiente, avisan al alcalde del pueblo del joven, y lo envían de regreso; hace una semana que lo dan por muerto, su papá desconsolado piensa que su hijo murió chamuscado entre las olas del fuego, la mamá lo ha llorado tantas horas en silencio.

La noticia de su hallazgo los llena de asombro y regocijo, Martín es recibido como un héroe por todos los del pueblo… les cuenta la maravillosa aventura que le ha sucedido… todos lo miran asombrados; en realidad no saben que ha pasado pero lo más importante es que está de nuevo en casa, sus papás lo abrazan y su papá le pide perdón por los malos tratos, Martín sonríe, no le guarda rencor a nadie, mucho menos a su padre… es fiesta en el pueblo…

Mamá Tomasa ha cocinado un rico pavo en relleno negro para dar gracias a Dios por haber recobrado a su hijo sano y salvo, revientan unos voladores y la fiesta comienza entre la alegría compartida de la gente sencilla… entre los árboles… unos ojos tiernos miran… los ojos de un hermoso venado con sus astas de oro… a lo lejos se escucha el canto del monte… y el venado salta para perderse en la espesura encantada.

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Mostrando 1 comentario(s) - Añadir comentario

Las opiniones expresadas a continuación son los puntos de vista de los cibernautas y no de la Voz de Umán.

fcarmen [7/24/2010 2:46:03 PM]
excelente cuento, una fantasia que ocurre constante, al escuchar platicas de gente que depende del monte, ya sea por cultivo o por cazar animales pero siempre es asombroso como la naturaleza nos da muchas lecciones de vida.

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