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Nuestras Haciendas: Poxila.

Cuando creemos que lo hemos visto todo, la historia y la naturaleza, en complicidad, nos presentan cosas que causan fascinación a nuestros sentidos y quedan tatuadas en nuestros mejores recuerdos. Sus caminos parecen tomarnos de la mano y llevarnos, a medida que avanzamos, a un mundo diferente. La humedad que la naturaleza nos comparte y que se siente en la piel, nos advierte que estamos a punto de realizar un viaje maravilloso. Es momento de agudizar los sentidos y dejar que por ellos, entre a nuestro ser, la vivencia de conocer desde su interior, a una de las Haciendas más hermosas que tiene nuestro municipio: La Hacienda Poxila.

Historia.

Al igual que en muchas haciendas, su historia es conocida más por la tradición oral que por la documentación impresa. Así es como sabemos que entre los propietarios de esta hacienda se encontraron Don Felipe y Don Juan Lara. Posteriormente la hacienda quedó bajo el cuidado de un hermano de ellos, Don Emilio Lara Soria quien posteriormente delegaría esta responsabilidad a su hijo Emiliano Lara Capetillo y sus hermanos.

Los hermanos Lara Capetillo vendieron después la hacienda a los señores Pérez Uribe y Pasos Peniche, ambos gerentes del extinto Banco del Ejido. Finalmente, en 1954, es rescatada por Don Julio Laviada, quien invierte dos meses de tiempo completo para limpiar el terreno y restaurarla. Aproximadamente, en 1988, su hija la vendería a Don Alejandro Patrón, actual propietario.

Producción.

Poxila vivió sus mejores tiempos durante la época de mayor auge en la producción henequenera. En ese tiempo, la hacienda era muy pequeña y contaba con pocos habitantes. Todos encontraban un modo de vivir, fruto del trabajo que la hacienda les ofrecía en el procesamiento del henequén.

El trabajo iniciaba a las 3 de la mañana. Hora en que sonaban las campanas de la casa principal y que eran escuchadas en cada rincón de la hacienda. Cada persona tenía una función específica en la cadena de producción y cada persona era importante.

La producción iniciaba con el corte de las hojas de henequén. Esta actividad se llevaba a cabo en los planteles en donde se encontraba sembrado el agave. Cada plantel era identificado por su respectivo nombre, estos nombres eran puestos por el propietario en turno y muchas correspondían a nombres de familiares o seres queridos. Los nombres de los planteles eran: Antonio, Victoria, Jaime, María, María pequeña, Andrés, San Pablo, Juan, René, Josefina, Pedro, Tamarindo, Alfonso, Isabel, Elia, Felipe y San Carlos. Estos planteles sumaban una extensión territorial de aproximadamente 500 hectáreas. Cada plantel contaba con su propio circuito de vías angostas por las cuales circulaban las plataformas o los trucks jalados por mulas que ayudaban en el traslado de las hojas hasta el cuarto de máquinas. Estos circuitos no eran fijos, ya que esos mismos eran usados para posteriormente trasladar el bagazo, que dejaba el henequén, a los lugares de secado. A la actividad de cambiar los circuitos para ubicarlos en nuevos caminos se le conoce como “Hacer la vía”. En el interior de la hacienda existe un poco más de 20 kilómetros de rieles de vía angosta.

Es importante saber que cuando se realizaba la actividad del corte en los planteles, no se cortaban todas las hojas del agave, siempre se les dejaban unas cuantas para darle tiempo a la planta que crezca en lo que viene la siguiente cosecha y así, poder tener qué cortar cuando el corte se realice nuevamente.

Al llegar al cuarto de máquinas, éstas se encontraban funcionando, cuidando siempre que hubiera el carbón suficiente para su buena operación durante el día, ya que durante ese tiempo no se usaban, ni motores eléctricos ni de combustión, para las tareas de la hacienda. Debido a este trabajo, la chimenea siempre estaba humeante, señal del trabajo que realizaba.

Al cuarto de máquinas llegaban todas las plataformas provenientes de los circuitos de los planteles. Cada plataforma cargaba hasta 5 mil hojas al día que, al sumarlas todas, daba una producción aproximada de 200 mil hojas diarias, a excepción de los sábados en los que sólo se procesaban 100 mil hojas.

Al llegar al cuarto de máquinas, las hojas subían al elevador que las transportaba hacia un mecanismo que extraía la fibra de cada hoja. Al final, la fibra o sosquil, era llevado en truck a los tendederos para su secado, ya que húmeda no se podía procesar. Al mismo tiempo, el bagazo era llevado a los depósitos.

El sosquil permanecía de 12 a 24 horas en los tendederos, dependiendo de la intensidad del sol que hubiera durante el día. Los tendederos eran terrenos donde se encontraban organizados alambres en donde se colgaba la fibra para su secado. A cada alambre también se le conocía de la misma forma: tendedero. Cada tendedero llevaba hasta 5 rollitos de sosquil.

Una vez seco, el sosquil era recolectado y amarrado en rollos. Estos rollos eran llevados al almacén y de ahí a su destino final, que podía ser: pacas o sogas. Para realizar las pacas se usaba una prensa de madera que entregaba paquetes de entre 170 y 200 kilos de peso. Ni más, ni menos. Una alteración en ese peso podría ser indicio de por ejemplo, que el sosquil esté mojado y debido a eso pese más. De esta función se encargaba el supervisor de pacas.

Finalmente, un camión entraba a la hacienda y se llevaba las pacas producidas.

Este trabajo era realizado todos los días, de lunes a sábado. Se trabajaba a destajo. Al final de la semana, el checador de la producción, le entregaba a cada trabajador sus vales. Estos vales eran el equivalente a monedas metálicas de forma redonda o cuadrada y tenían acuñada la cantidad de trabajo realizado. Se canjeaban por mercancía en la tienda de la hacienda.

Con el tiempo, cuando la era del henequén vio el ocaso. Toda la gente de la hacienda tuvo que encontrar la manera de sostenerse. Muchos encontraron trabajos de cargadores y obreros, y muchos otros encontraron empleo en Mérida y otros municipios aledaños a Poxila.

La Hacienda.

La Hacienda Poxila es poseedora de una enigmática belleza que combina una intensa presencia de la naturaleza con el magnífico celo con que se ha cuidado cada detalle en su interior. Pareciera que apenas ayer hubiera dejado de funcionar.

Su cuarto de máquinas intacto, aún deja ver detalles que el tiempo no ha podido borrar. Aún puede verse las rutas de la vía angosta recorrer los circuitos en los planteles que al final, convergen en la casa principal. En su interior, se puede disfrutar de lo majestuoso de dos pirámides mayas, que según arqueólogos, tienen más de 400 años de antigüedad.

En tiempos de lluvia, sus canales de riego, reviven viejos momentos cuando felices transportaban el líquido vital por todo el territorio. Es como ver la sangre fluir dentro del corazón de la hacienda. En el centro, casi imperceptible, encontraremos un silencioso cenote, cuyas cavernas y paredes húmedas, inevitablemente traen a la imaginación el pasado histórico de la humanidad. Además podremos conocer una extensión de tierra conocida como El Pueblito Maya, que alberga a varios panales de abejas meliponas, que producen la deliciosa miel K’oole Cab.

En la casa principal, encontraremos también una colección de calesas, transportes y maquinaria empleados durante la producción henequenera. El museo de la moneda nos permite conocer cómo eran los vales con los que se les pagaba a los trabajadores así como una exquisita colección de billetes antiguos.

El cuarto principal, conserva la gran mayoría de sus muebles originales y sus candiles iluminan la historia encerrada en sus paredes.

Después de conocer Poxila, la vida se ve de otra manera. El pasado entra en las venas a través de los recuerdos y de una experiencia sensible con la naturaleza. La hacienda Poxila, es sin duda, una de las más hermosas que nuestro Umán, tiene la fortuna de tener.

Agradecimiento.

No podemos pasar por alto realizar un muy merecido agradecimiento a Don Alejandro Patrón, propietario de la Hacienda, por brindarnos todas las facilidades para la realización de este reportaje. También queremos agradecer a su encargado, Don Asunción Quintal Hinojosa, que nos haya acompañado en este maravilloso recorrido por la hacienda y por último, pero no menos importante, agradecemos también a Don Esteban Pech, quien por muchos años trabajara en la hacienda procesando henequén y desde 1962, trabajó como el Mayordomo principal. Muchas gracias por compartir con todos los umanenses su tiempo, sus memorias y sobre todo, el gran amor que sienten por la bellísima Hacienda Poxila.

Mil Gracias!.

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